Muchas veces hemos escuchado hablar acerca de las metas que las personas se proponen en la vida, de aquellos pasos que les llevará a su gran objetivo. Tantas veces habrás oído que tu vida no toma ningún rumbo si no la llevas de una forma marcada. Pero, ¿cuántas veces no habrás visto cómo las personas, sin ningún tipo de escrúpulo, son capaces de aplastar a cuantos se interpongan en su camino? ¿A todos aquellos que quizá no deberían haber estado allí, pero estaban, con el único fin de conseguir su meta? O quizá, ¿cuántas personas, a pesar de destruir a otras, no han conseguido llegar a la meta? Los pasos que vas dando te van acercando a tu objetivo, independientemente del que sea, ya que todos los objetivos tienen un rasgo común: nos elevan un poco más en el camino que asciende hacia la felicidad.
Sin embargo, tanto las personas que no valoran a aquellas que se encuentran por el camino y aun así consiguen sus metas, como las que no las consiguen, también tienen un rasgo en común: las primeras no aprecian lo que tienen, por lo que no disfrutan de las pequeñas cosas que la vida te brinda; las segundas son personas con metas demasiado grandes, que tras fracasar, tan solo les queda el desasosiego, el mal sabor de boca y un nudo en la garganta. En la búsqueda de la felicidad tan solo deberíamos relajarnos y disfrutar de esas pequeñas cosas, las que hacen que al final todo valga la pena: familia, amigos, amor.
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