miércoles, 23 de mayo de 2012
Magia.
El cansado sol primaveral de finales de marzo brilla en lo alto de un cielo despejado. Ilumina un pedregoso camino sembrado de descuidados matorrales mientras los altos edificios de la capital se yerguen a lo lejos.
Tus ojos revolotean entre estos pequeños detalles hasta que por fin se posan en mí. Así que me dejo embriagar por tu mirada de tal forma que me quedo sin aliento, de tal forma que tengo que recordar la sencillez que caracteriza a la respiración.
Te acercas y me sonríes haciendo que no exista nada más que nosotros dos. Nada más. Ni siquiera hace falta que me abraces ni que me sienta protegida al notar tus brazos sobre mi cintura. No hace falta que me cojas ni siquiera de las manos. Tan sólo sigues acercándote lentamente y dejas que suavemente tus labios rocen los míos, sin prisa. ¿Alguna vez te has sentido volar? Despegamos los pies del suelo. Nos sentimos absorbidos por una espiral de la que no queremos escapar. Giramos y giramos, sin final visible. Ni siquiera el tiempo existe ya, no escuchamos el tic-tac del reloj.. Todo se ha paralizado y mi razón se ha esfumado. ¿A quién, entonces, debo ahora obedecer?
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